Lo que nos queda por vivir

Hace ya bastantes años, John Von Newmam (1907-1957), matemático húngaro que participó en el proyecto atómico estadounidense  Manhattan,  comentaba que "podría parecer que hemos llegado al límite de lo que es posible lograr con la tecnología, aunque hay que tener cuidado con tales declaraciones, ya que tienden a sonar bastante tontas en cinco años".  Si no fuera porque entonces no existían, diría que el bueno de Von Newmam estaba pensando en los teléfonos móviles. Hace nada estuve viendo la película Casino Royale, de la saga de James Bond, películas que suelen ser un escaparate de los últimos gadgets tecnológicos, mezclando el estado del arte de la tecnología de la época con la imaginación desbordante de sus guionistas; al ver los modelos de teléfonos que salían, llenos de botones y con unas incipientes pantallas a color sólo disponible en el modelo del protagonista, es imposible reprimir una mezcla de sonrisa condescendiente y sonrojo…  ¡pero es que la película es de finales del 2006!
La evolución en este campo está siendo rapidísima. No parece muy difícil predecir hacia dónde van a evolucionar los móviles, por lo menos a corto plazo; seguirán creciendo el número de  aplicaciones,  aumentando la autonomía de las baterías e incrementándose el número de píxeles de las cámaras; la velocidad de acceso móvil serán cada vez más rápido a la vez  que el  precio de todos los componentes será cada vez más bajo; de esta forma cada vez capas más amplias de la población disfrutarán de un teléfono inteligente.  Empezaremos a utilizar el teléfono como medio de pago, sustituyendo el monedero, tarjetas de crédito y las tarjetas de fidelización; también como medio de acceso a edificios y coches, sustituyendo las incómodas llaves; e incluso para identificarnos, evitándonos llevar tarjetas de acreditación, tickets y entradas y, por qué no, el DNI.  Además se multiplicarán los accesorios que se conectarán al móvil, aumentando su funcionalidad: relojes inteligentes que nos avisarán de forma discreta de los mensajes recibidos, sensores biométricos que nos medirán de forma continua la tensión y ritmo cardiaco, aparatos diversos con los que controlar los electrodomésticos de casa, y conexión permanente desde y con nuestro automóvil. El tamaño de los dispositivos será cada vez más grande, los teléfonos móviles se convertirán en tabletas y viceversa, hasta confundirse. Entre ambos, irán quedando sin espacio a los ya antiguos PCs y portátiles.
En el año 2010 decíamos en Telefónica que durante esta década el mundo iba a cambiar más que en los últimos 200 años. Sólo han pasado 3 años de la afirmación, y ya hemos descubierto que nos quedamos cortos, muy cortos, con la predicción. El mundo va a cambiar más y cada vez más deprisa. Si conseguimos dominar el vértigo que produce esta velocidad de cambio, podremos apreciar la suerte que tenemos de vivir en una época tan extraordinaria, en el que las fantasías de ayer son  la realidad del presente, e incluso nos faltan ideas para imaginar el futuro. Yo no cambiaría este tiempo por ningún otro; quizás por el futuro.

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