La guerra de las Galias

Año 2014 después de Cristo. La tecnología ha invadido todos los ámbitos de nuestra vida. El teléfono inteligente, de una manera arrolladora, ha conquistado casi todas las aplicaciones de uso personal: comunicación, fotografía, navegación geolocalizada, despertador, agenda y muchas otras han sucumbido a su impulso. No podemos pasar sin nuestro teléfono, lo estamos consultando contínuamente, no nos separamos un metro de él durante las 24 horas del día, es lo último que vemos antes de dormirnos y lo primero que consultamos al despertarnos.
«Toda la Galia está ocupada», le informan al César. ¿Toda? No, y precisamente se resiste la plaza que contiene los mayores tesoros, la aplicación que genera mejores rentas a las empresas que la comercializan. La vieja tarjeta de crédito con la que hacemos los pagos, con una seguridad basada en números que es bastante fácil de copiar, que necesita de los arcaicos papelitos como recibos de las compras, que precisa la mayoría de las veces de la compañía del documento de identidad, ha salido victoriosa de todos los ataques que ha recibido.
Y es una aplicación que entrega generosas rentas a sus propietarios, en forma de comisiones que atraviesan el corazón de los comerciantes. Los teléfonos móviles, antes de hacerse inteligentes, ya intentaron funcionar como medio de pago. Sin éxito. Google Wallet, con toda la fuerza de la empresa que la respalda, está saliendo mal parado en ese campo. Lo mismo que multitud de operadoras de telefonía y entidades de crédito que sacan sus propias soluciones para pagar con el móvil.
¿Cuál es la poción mágica que permite a una tecnología de mediados del siglo pasado seguir más viva en el mercado que nunca? Ubicuidad. Las tarjetas VISA o Mastercard son actualmente de uso universal, se pueden utilizar en Internet, en hoteles y en tiendas, tanto en la Plaza Mayor de Valladolid, como en París o en Sudáfrica. Es lo que los economistas denominan barrera de entrada; cualquiera que quiera entrar en el mercado de los pagos necesita situarse en una posición similar. Si quiero olvidarme de la tarjeta de crédito, el teléfono me debe servir para pagar en los mismos sitios que lo puedo hacer ahora (y son casi todos); si quiero aceptar cobros en mi tienda con una aplicación de móvil, tienen que ser muchos los clientes que lo hagan, de otra forma no me compensa.
Es precisamente la universalidad de las tarjetas de pago la que les da su fuerza; una extensión de uso que han ganado durante 60 años. Quien quiera competir en ese mundo de los pagos debe derribar esas barreras y encontrar la fórmula de la ubicuidad.
Año 2014. Alesia tiene los muros muy altos. Vercingetórix puede dormir tranquilo. De momento…

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