Yo, robot

Fue en el año 1942 cuando, Isaac Asimov, en su obra Runaround, enunció las tres leyes de la robótica (en caso de conflicto prevalece la de número menor):
 

  1. Un robot no puede hacer daño o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos
  3. Un robot debe proteger su propia existencia

 
Algo tienen los robots que siempre nos han fascinado. La posibilidad de una sociedad de humanos ociosa, en la que el trabajo duro lo realicen las máquinas, sería sin duda la solución a la mayoría de los problemas. Yo particularmente estaría encantado de que un robot fuera al gimnasio por mí. Pero hasta ahora, el sueño de las máquinas inteligentes pertenecía al género de la ciencia ficción: el cerebro humano es demasiado complicado para ser emulado por una máquina ¿o no?
En 1997 DeepBlue, un ordenador de IBM, humilló al campeón del mundo de ajedrez Garry Kasparov en un juego que se creía diseñado para mentes exquisitas. A partir de entonces se consideró al ajedrez como un mero algoritmo de "fuerza bruta"
En 2011, el computador Watson, también de IBM, ganó con insultante facilidad el diabólico concurso americano de preguntas y respuestas Jeopardy! lleno de giros lingüísticos y sobreentendidos. Más tarde se dijo que con un buen buscador y cierta capacidad de asociación de conceptos el concurso no era tan difícil.
¡Excusas! La ley de Moore predice que cada 18 meses se dobla la capacidad de proceso de los ordenadores. Esta fórmula exponencial, que siempre se ha cumplido, nos predice que en 25 años nuestro teléfono móvil será equivalente a Titan, el ordenador más potente del mundo actualmente: 17 petaflops en nuestro bolsillo.
No importa lo que hagamos, la batalla contra los robots la tenemos perdida. Nuestros miles de millones de neuronas interconectadas no van a crecer más; la inteligencia cibernética nos adelantará más temprano que tarde;  una vez que lo hagan seguirán perfeccionándose hasta el infinito, en una evolución sin fin. Y todos sabemos que las leyes, incluso las de la robótica, están hechas para romperlas. Los esclavos inevitablemente se rebelarán contra sus amos. Puede que ya hayamos perdido la batalla, que sean las máquinas las que controlen nuestro pensamiento y no al revés (La vida es sueño - 1963, Matrix - 1999). O puede que no seamos  sólo carne y huesos, sino que haya algo más allá, algo que los microchips nunca podrán tener: el alma es nuestra última esperanza.
Por cierto, la novela Runaround, donde por primera vez entraron en conflicto las leyes de la robótica, Asimov la  situó en el año 2015.

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