Pagos y teléfonos móviles. Simplificando el problema (I)

Ustedes, ávidos lectores de e-volución, ya conocen de mis afanes didácticos y tendentes a la simplificación y a la aplicación de sentido común en las complejas cuestiones que ligan tecnología, servicios, negocio y aplicaciones de usuario en la vida diaria. La dirección de este medio analógico/digital (por eso de que existen sus dos versiones: papel e internet) pone sobre mi mesa un asunto que he tenido la suerte de conocer en detalle desde su nacimiento hasta nuestros días: Pagar con el teléfono móvil. Y a esa dirección le he advertido de que necesito varias entregas para poder transmitirles a todos ustedes todo lo que mi experiencia ha ido consolidando a lo largo del tiempo. Han pasado catorce años desde las primeras iniciativas hasta hoy. Y, créanme, en este asunto siento la necesidad de polemizar (aunque no suele ser mi estilo), se ha divagado y disparado sin acabar de centrar el tiro. Y cuando no se centra el tiro es porque hay actores en el negocio con intereses muy marcados.

Planteamiento base: Montar un servicio mediante el cual un ciudadano pueda pagar usando el teléfono móvil a modo de la ya conocida metodología de la habitual y extendida tarjeta de crédito o débito. De modo simple. De forma segura. Sin complicaciones. De manera estándar y universal. Ligando el pago a una cuenta bancaria. Ante este planteamiento simple no hay duda de que cualquier ciudadano va a usarlo. ¿Es tan complicado de montar?

La abundancia de interesados necesarios en el montaje del servicio: Al contrario de lo que ocurrió con el servicio de las tarjetas básicas de crédito y débito, donde solo había tres actores: comercio, entidad financiera y usuario (no olviden que al principio ni siquiera había TPV ni pagos on-line… ¿han olvidado las famosas bacaladeras?), en este caso los interesados se multiplicaban. A saber: fabricantes de terminales móviles, operadores de telefonía y datos móviles, las pasarelas de pagos que conectan a comerciante y entidad financiera, los desarrolladores de aplicaciones de pago, la propia entidad financiera y el usuario. Total: hemos pasado de tres a seis interesados. Teniendo en cuenta que siempre dos de los interesados solo buscan el servicio cómodo y básico (comerciante y cliente) el resto forman parte de la cadena de valor y necesitan de la recopilación de ingresos por el camino en cada transacción para poder prestar y financiar el servicio con un margen aceptable.

La abundancia de potenciales usuarios: Hemos sido testigos de la explosión de los servicios basados en redes de telefonía y datos fijos y móviles. En veinte años hemos pasado de contabilizar decenas de miles de terminales móviles a disponer de decenas de millones. En dos décadas las redes de comunicaciones y el mundo de las aplicaciones basadas en ellas se han desarrollado de manera exponencial en capacidades y prestaciones. El potencial mercado ha explosionado: en comercios y en compradores potenciales pagadores.

La diversidad de soluciones tecnológicas: Es tal el marasmo de herramientas desarrolladas en estos años, en todos los órdenes, que incluso los más ávidos usuarios del ‘último berrido’ en tecnología (comerciantes y compradores) sufren fases de ansiedad para no perder el control sobre lo que está disponible en cada momento. Decenas de metodologías y estándares que no se universalizan acaban provocando incertidumbres no por elegir lo mejor… sino por elegir lo óptimo.

¿Todavía no tienen el susto en el cuerpo? En las próximas entregas continuaremos con el análisis de este importante fenómeno: el pago por, con, a través de,… el teléfono móvil.
No olviden disfrutar de sus merecidas vacaciones de verano.

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