La última trinchera

Ya hace 150 años de la primera revolución industrial. Tenemos que reconocer que ni en ésa ni en la segunda nos fue demasiado bien. Mientras americanos, ingleses, franceses y otros países occidentales modernizaban su industria, creaban puestos de trabajo y riqueza, y se preparaban en definitiva para el nuevo siglo XX, en España estábamos más preocupados por sacudirnos unos a otros en diferentes guerras y preservar un sistema social caciquil y obsoleto. Tiene que ser duro hacer batallas y perderlas, pero al menos ves venir al enemigo y te queda el consuelo de haber luchado (recordemos a aquel general que, a pesar de perder, pasó a la historia con las botas puestas). Pero lo triste es que te pasen por encima sin siquiera enterarte de lo que pasa, sin que las veas venir; la gloria de la derrota se transforma en un ridículo espantoso.
Durante esta segunda década del XXI, estamos viviendo lo que se ha dado en llamar la revolución digital, que no es otra cosa que la tercera revolución industrial; robótica, software, nanotecnología, Internet de las cosas, movilidad... Nos guste o no, viene para quedarse y para modificar todos y cada uno de los aspectos de nuestra sociedad. Viene además con un sinfín de oportunidades de negocio, de creación de nuevas empresas y de modernización de las antiguas. Y esta vez estamos avisados. La posición industrial y tecnológica del mundo para lo que resta de siglo se está definiendo en esta década ¿Aprovecharemos esta vez la oportunidad? Pues no soy muy optimista… No podemos confiar que sean poderes públicos los que lideren este movimiento, no poseen la agilidad y la experiencia industrial necesaria; además esto de centralizar la economía no ha dado resultado ni en Rusia. Tampoco nuestras empresas patrias, exhaustas de recursos y preocupadas en la supervivencia del día a día, en un mercado que se ha desmoronado e impera el sálvese quien pueda. No tienen tiempo ni recursos para mirar el futuro, a pesar de que los pobres no pueden dejar de ilusionarse cada vez que les cuentan el viejo chiste de los brotes verdes.
¿Y qué armas tenemos para resistir esta carga? Pues poco más que nuestras queridas universidades que, a falta de grandes capitales, sí que poseen los conocimientos necesarios para enfrentarse a esta revolución. Quizás con problemas de gran fragmentación y falta de recursos, pero con un gran capital humano repleto de sabiduría. Es ahí de donde tienen que surgir los jóvenes emprendedores que lideren la batalla de posicionar lo más alto posible la competitividad de nuestra industria. Nuestra última esperanza son los viejos maestros que, además de enseñar, ahora deben guiar y motivar.
Ya vienen.

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