Algo más que una moda...

Hace ya unos años que, quienes nos dedicamos a la educación, nos venimos percatando de la importancia de las TICs en los procesos de enseñanza-aprendizaje, de su potencial y sus dificultades, de modo que vamos siendo testigos de iniciativas de todo tipo, algunas de las cuales no siempre han tenido el éxito deseado, como fue el fallido proyecto de los mini-portátiles.

Desde nuestra experiencia entendemos que el uso de la tecnología en el aula debe ser algo integrado en el proceso educativo y no simplemente un añadido para ser más amenos en las explicaciones o reclamar la atención del alumno... No olvidemos que la mayoría de los habitantes de nuestras aulas son ya «nativos digitales», en palabras de Marc Prensky, y que su grado de utilización es muy alto, aunque esto también pueda ser matizable.

Creo que a estas alturas todos estamos de acuerdo en que -al menos en educación- la tecnología por sí misma no sirve para nada; o simplemente para entretener o proporcionar contenidos de manera aislada. Es necesario por ello que la implantación de los distintos dispositivos que van surgiendo (pizarras digitales, proyectores, tabletas...) debe ir acompañada de un cambio en la metodología del educador que oriente al alumno a ser protagonista de su propio aprendizaje, que ha de realizarse en el contacto con los otros de manera colaborativa, y no solamente a ser receptor de unos contenidos impartidos por el profesor de manera discursiva, como los catedráticos de antaño. Es aquello de que «un alumno no es un recipiente que hay que llenar, sino una antorcha que encender».

La experiencia nos dice que, no por tener una tableta en clase o una PDI, el alumno sabe más, pues ninguno de estos dispositivos puede suplantar el trabajo, el estudio o el esfuerzo; pero sí es cierto que su motivación va a ser mucho mayor, y ésa será la oportunidad educativa que hay que aprovechar.

Unido a esto se presenta la necesidad de una formación continua que en estos temas tenemos los adultos -los docentes y los padres también- que nos haga perder las resistencias al cambio y al «siempre se ha hecho así». Bajo la excusa de que los jóvenes son expertos en el manejo de la tecnología se esconden muchos miedos y excusas para no lanzarse, cuando en realidad tampoco nosotros tenemos por qué saber de todo ni estar a la última en el uso de cada dispositivo o aplicación. Nuestra labor debe ser la de orientar en el uso de las herramientas (ya sean del hardware, o de los programas, o de creación de contenidos...) y educar para un uso crítico y responsable. Porque también los mayores aprendemos de los alumnos, en un claro ejemplo de co-aprendizaje: juntos aprendemos más.

Por último, es posible también que haya quien haga un mal uso de estos dispositivos... Es un riesgo que está ahí, que hay que afrontar más desde el educar que el prohibir, pues serán -ya lo son- su herramienta de trabajo en el futuro. Y nuestra tarea es la de proporcionar los recursos necesarios para enfrentarse a él con garantías.

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