No digas que fue un sueño

Hubo un tiempo en que lo importante era transcender, dejar huella. La inmensa mayoría de los hombres pasaron por el mundo sin pena ni gloria. Solo nos acordamos de unos pocos; solo para ellos es la gloria. Se convirtió en un deber el hacer al menos una marca en la historia para ser alguien: plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. La levedad del ser era insoportable. Es sorprendente lo poco que sabemos de nuestros antepasados a los que no conocimos en vida; después de mucho indagar, a lo más que llegamos es unos pocos datos sobre filiación civil, algunos nombres, unas pocas fechas. Pero sobre sobre sus aficiones, sus pasiones o sobre su forma de sonreír, nada, todo desapareció. Mi abuela nació a principios del siglo pasado; no tengo ninguna foto suya, su imagen cada vez es más borrosa en mi memoria. Sorprendentemente solo recuerdo una frase que me decía constantemente: «Si no quieres arroz ¡toma dos tazas!». Pues eso. Ahora lo difícil es pasar desapercibido.
En cualquier acto social se disparan miles de fotos que acaban colgadas, y correspondientemente etiquetadas, en las redes sociales. Nuestro 'smartphone', a pesar de lo orgullosos que nos sentimos de él, va dando información de todos nuestros movimientos a Dios sabe quién, el muy traidor. Llamamos a nuestro seguro y nos graban la conversación ¡por nuestra seguridad! Ahora las páginas de Internet nos piden permiso para el uso de cookies, o sea, para que espíen lo que hacemos en Internet. Bancos, operadoras de telefonía o supermercados registran todos y cada uno de nuestros movimientos por siempre jamás. Facebook se ha apropiado de nuestros gustos, Google de nuestras inquietudes, Whatsapp de nuestro día a día, y ninguno de ellos va a soltar su presa. Suma y sigue. Y lo que queda por venir, gafas de Google para retransmitir nuestra vida en directo, al estilo Gran Hermano; sistemas de control del hogar para detectar al detalle el consumo de luz, agua o la temperatura del hogar. O esas pulseras que se han puesto ahora de moda, que graban diariamente la calidad de nuestro sueño; ni dormidos nos van a dejar en paz. Nuestros descendientes nos van a conocer mucho mejor que nosotros mismos. Decía Borges: «Solo una cosa no hay. Es el olvido». Nunca ha tenido más sentido que ahora. Olvidar es una palabra que habrá que eliminar del diccionario. La tecnología tiene muchas cosas buenas; la privacidad no es una de ellas. No tengo claro que merezca la pena perder mucho tiempo discutiendo sobre el Derecho al Olvido.

Sobre el autor